MANUEL RIVA

 LA GACETA

Esta noche debutará en el Alberdi la Compañía Nacional de Sainete que dirige el primer actor Luis Arata, cuyo prestigio divulgado con justicia le presente ante las consideración de todos los públicos como un actor de sólida complexión artística, ecuánime, experimentado, sobrio, así comenzaba la nota de LA GACETA del 11 de abril de 1936 para presentar la gran temporada que realizó el reconocido actor en nuestra provincia, que se extendió hasta fines del mismo mes y con gran cobertura de nuestro diario. Arata presentó varias obras en estreno y hubo días que la compañía hizo tres presentaciones con obras diferentes. 


La crónica de su presentación agrega que es no sólo un actor cómico; su mayor mérito se encuentra precisamente en su ductilidad y en el dominio que posee en todos los géneros escénico, siendo en especial el grotesco el que le ha dado el firme cartel que ostenta. Junto al reconocido actor vinieron los artistas Berta Gangloff, Carmen Olivet, Luisa Alvarez, el cómico Gonzalito y Bellucci entre otros reconocidos actores de la época. Su debut con la obra “Las minas de Caminiaga” de Alberto Vaccarezza fue un éxito a sala llena. Nuestro diario señalaba que la composición del elenco era inmejorable, siendo el mismo que actuara en el teatro San Martín de Buenos Aires y con ligeras variantes pero reforzado en su valor. En ese mismo sentido se destacó un conjunto afiatado y tan nutrido de figuras responsables de su rol artístico y de su posición ante el público que paga y que tiene derecho a exigir. En cuanto a la obra de Vaccarezza se dice que es una pieza aceptable que divierte y hace sentir con matices la alegría con la emoción, en virtud de resortes sentimentales muy bien tocados. Para la actuación de Arata el crítico tuvo palabras de elogio: sabe explotar su arte y su físico, hizo un Caminiaga admirable inteligente rico de recursos hábil en escena, seguro en el gesto y en la acción, mantuvo el interés y la hilaridad durante los tres actos, imponiendo en determinados momentos su temperamento dramático por los contrastes de la obra.

La compañía realizó tres presentaciones al día siguiente con las puesta de “La honradez en piyama”, comedia de Antonio Botta y Luis César Amadori; repitió “Las minas…” y en maitnee estrenó “Que parientes mama mía” de Arnaldo Malfatti y Nicolás de Llanderas. El cronista asegura en sus líneas que Arata y su equipo realizaron unas labores actorales exquisitas que fueron del agrado del público presente que colmó el teatro.

El reconocido actor se ganó el cariño de los tucumanos con sus presentaciones impecables y bien logradas. Abarcó todos los géneros en sus 15 días de presentaciones, pasó del sainete, al drama y de allí a la comedia. Además tuvo tiempo para bromear sobre su suerte al comprar un número de lotería y obtener un premio por terminación. El momento reflejado por nuestro fotógrafo muestra a un Arata feliz, de gran humildad y con una gran capacidad para entablar una amistad con el extraño o el desconocido.

La labor fue intensa se puede decir ya que durante las tres primeras jornada de actuación la compañía hizo siete presentaciones con distintas obras. La noticia destacaba la actuación del conjunto en la comedia de Vaccarezza –el reconocido dramaturgo, poeta y tanguero creador del famoso Conventillo de la paloma- y que se estrenara en nuestra provincia. Los complicados problemas en que esos personajes son colocados por el autor, crean situaciones y los momentos muchas veces cómicos a fuerza de contraste haciendo doblemente valiosa la labor del interprete, que tiene que poner inteligencia y sentido escénico para lograr la eficacia deseada.

Otro de los éxitos estrenado en Tucumán por Arata fue la comedia de Federco Mertens y Carlos de Paoli, “Enlace Undárraga – Fumigueiro” que según la crónica de entonces la pieza en cuestión es amable por la intención y por el desarrollo y agrega que se trata de un tema muy socorrido, pero también muy repetido: la lucha entre la bondad del inmigrante burdo y adinerado y la vanidad falsa de quienes quieren mantener una prosapia de apellido, sin otro puntal que la apariencia social como velo insuficiente de una plena bancarrota. “Arata estuvo admirable en su gallego, un poco basto, pero bueno y honesto a carta cabal”, destacó el crítico.

En la extensa cartelera de la compañía se destacaron también las obras “La cantina de Pabolo Andonio” una comedia de Eduardo Pappo, “Martes 13” una obra de Octavio Sargenti y la comedia dramática “Judio” de Ivo Pelay seudónimo del Guillermo Juan Robustiano Pichot famoso autor teatral y letrista de tango considerado el más prolífico creador teatral –a él se deben la milonga “Se dice de mí” y el tango “Adiós pampa mia” entre otras- que fuera amigo de Carlos Gardel. La obra de Pelay era sobre los problemas de los inmigrantes, con sus sinsabores, estrecheces y demás situaciones que en este caso es judío. Arata actuó de manera magistral según el relato.

Realmente la compañía de Arata realizó un esfuerzo extraordinario durante esas jornadas ya que diariamente hacían dos presentaciones con una repetición y un estreno, que eran recibidos con fervor y cariño como forma de reconocimiento a las actuaciones de los artistas. Otra de las obras presentadas fue “El 72 a la cabeza” de Antonio de Bassi y Antonio Botta. Ambos autores marcaron la escena de aquellos años, el sainete “Falucho” de Botta fue estrenado en 1925 por Arata mientras que de Bassi tuvo su debut en tiempo del circo criollo de Pablo Podestá con la obra “Aves negras”. Otra actuación memorable de Arata fue como “don Chicho”, un italiano taimado, hipócrita y que cobarde, que vive del producto del robo y de todo lo mal venido fingiéndose un hombre religioso y bueno, obra de Alberto Novión.

Una cara con mil gestos


Luis Arata realizó varias visitas al diario en cada una de ellas dejaba algún mensaje para que sea transmitido a los tucumanos. En esta ocasión habló sobre la importancia del gesto en el actor. “No hay músculo facial que no pueda ser puesto en juego al servicio de un gesto. Todo es cuestión de disciplina con la intención de mejorar la eficacia del arte interpretativo” y agregó que “creo sin vanidad, pero si con firmeza de estudioso disciplinado, que en las exteriorización de los sentimientos y de las pasiones de los personajes que yo compongo de acuerdo con el criterio de los autores y mi propio criterio, he conseguido poner a mi servicio artístico el factor material de los músculos”.

En efecto, la fuerza expresiva de Arata, esa fuerza que vigoriza el carácter de sus creaciones y ha hecho el puntal de su prestigio artístico, indiscutido e indiscutible, reside, junto con la capacidad interpretativa y la experiencia escénica del actor, en su dominio de los músculos faciales, señalaba la crónica de LA GACETA.

Risa y llanto

La imagen mostraba la ductilidad del artista que podía manejar sus músculos de la cara para hacer que la mitad representara tristeza y la otra alegría. Es por esta causa indudable, que Luis Arata es uno de los artistas consagrados del teatro nacional y de los más capacitados para empuñar el cetro que dejara aquel eminente intérprete de la escena argentina que se llamó Roberto Casaux, cerraba la nota de nuestro diario.

Roberto Casaux fue un reconocido interprete, hijo de inmigrantes franceses, que marcó los escenarios con su fuerza expresiva y de comendiante hasta su muerte en 1929.